23/06/08

Equilibrio



Ileana Garma

Nunca del todo y del todo sustituible
No hay grandilocuencia para mis verdades efímeras
Sé que rompo la hoja y no me levanto
levantarse es apenas el recuerdo de la sangre

Hay muros donde el rostro se expande hasta la ausencia
crecen las manos
siempre hacia abajo siempre
hacia la parte más oscura de la lluvia

Ileana Tleana Ileana Garma
te buscan te busco te buscamos
Hay en las bocas de la luz el muladar de tu sombra
no le creemos
sé que miras detrás y un reloj te carcome

Te desdibujas en los resquicios de la piel
como una leyenda procreada por naufragios
La arena se arena con los poros
el agua sube por tus piernas hasta llenarse de marismas
de la concepción malsana del sudor
Has pronunciado lumbre
He pronunciado carne
Vamos a romper la falsedad la verdad el todo

La esfera del desencuentro crece en tus orillas
es el polvo
la inutilidad de los pájaros aprisionados en la piel
es la vejez cansada de encontrarse en los charcos
de presagiar la resignación

No voy a hablar de hechizos
la plegaria es mi nombre
es la linde que divide la conducta de esta brasa
de este brazo que encalla en la injuria del mar
en mantarayas violeta que crecen
en el espejo
espejo alimentado de rincones
rincón de sal de pulso de llanto
En la travesía de palparse a través de la noche
mi nombre es reconocerse adherida a la palabra





16/06/08

La tristeza



Ileana Garma

Hablamos de la tristeza, pero no hacemos más que sostener la palabra, como si con ella se dijera todo. ¿Y por qué ese enorme lugar común de situar a la tristeza en medio de campos grises y lluviosos? ¿Por qué hacemos la relación inmediata de la lluvia con el llanto y, la inmovilidad con la pesadumbre? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades donde el sol es una culebra que inyecta su veneno a todos los transeúntes; ciudades en que la gente se detiene en las esquinas y se seca el sudor con la mano, donde las personas no pueden ver más allá de sus pies porque la luz da latigazos que les hacen recordar que están solos y tienen que caminar con la cabeza agachada? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades en donde la gente deambula con ropas coloridas, deja su sal en los asientos del camión, bebe agua y siempre la temperatura les come las amígdalas, la espalda, la frente y, a cada instante el calor les recuerda que tienen que huir hacia la oscuridad, hacia las viviendas espesas que se achican y gotean debajo de la mano demoledora de un rey asesino?
Yo nací en Mérida Yucatán, o la ciudad blanca, o la ciudad astillada por el sol. Yo me desvanecí mil tardes y le tenía miedo al medio día. Yo tomaba botellas y botellas de agua que sentía que se desparramaban a través de mis poros, sobre el espejo, sobre las paredes, en ventanas que abría para comprobar que no estaba en el infierno ni pagando pecados, sobre esos pórticos que me aseguraban que sí, que yo estaba en el infierno. ¿Cómo entonces salir a jugar y correr y agitar las manos? No, yo me quedaba bajo el resguardo de una hacienda de techos altos, entre mapas, anaqueles de libros, y palabras como una gotera sobre el cráneo.
No conozco las ciudades de las que habla Vasconselos. Para mí, el frío, la lluvia, los días nublados que he vivido en la ciudad de México, en su Reforma de autos que se deslizan a través de la necesidad y del frío, en medio de abrigos y mujeres gordas que lloran junto a un semáforo y contestan el celular, delante de policías que ordenan el tráfago fuera de sus impermeables, pero nunca dentro de ellos; esos días nublados los entiendo como mágicos, como llenos de un enigma que todavía no puedo reconocer. Me muevo en medio de los días negros como se movería un papalote en la mano de un día con aire y a campo abierto. Yo me elevo y agito en los días negros como se agitaría un zopilote al presenciar la carne corroída. Porque no son los días grises, ni los soleados, ni las ciudades calurosas, ni las frías, las que son tristes, sino el ser humano.
La ciudad y el día son cosas que cobran la vida que uno le imprime. Es la vida de un hombre la que es triste, no el día, no el escenario. Un ser que es triste se encuentra melancólico frente a una fuente con tres niños que se han metido a bañar y juegan con el agua sucia y las palomas. Un hombre alegre ve la limpieza y la posibilidad. Un hombre pesado aprehende la suciedad y la imposibilidad.
¿En verdad es a costa del daño que se deforma la sensibilidad? ¿Puede una ciudad ser la responsable del daño, puede la atmósfera de un día clavar alfileres en nuestro espíritu? Sí. Empero, debiéramos sentirnos afortunados los que pueden sentir esto. Aquellos que perciben cómo la tristeza se levanta debajo del polvo de los pájaros negros en las plazas soleadas, o como la tranquilidad y la alegría se depositan pausadamente dentro de los basureros mojados de la ciudad; son personas que no se han endurecido, que todavía pueden ver más allá del objeto.
Cuando has tenido que hacerte duro para protegerte de la ciudad, de los días, y más que el día y ciudad en abstracto, lo que son, es decir: la gente que se mueve dentro de ellos; entonces ya nada puede tocarte, te has preparado para la indiferencia. El precio es que tú no puedes tocar nada y la indiferencia se ha preparado para ti. Sólo es posible vivir una gran alegría, cuando se ha vivido un gran dolor, como el negro sólo brilla y contrasta, cuando se halla rodeado de blancura.

José Vasconselos. Tristeza. El Ensayo Mexicano Moderno I. FCE. 2001

09/06/08

Carta para llenarse de resquicios

Seremos la camisa olvidada o la cucharita para mover el café entre cuatro paredes y una cortina rota. Ahora estás y no estás pero da lo mismo, pero siempre es lo mismo.
No perdones, no culpas, no recuerdos de llanto y ojos de pozo y hastío. No paredes, no más blusas. Saliva y escaleras, saliva y la cama que se pone a caminar, que nos llevaba al centro para arrojarnos a la caricia de los pisos helados.
De todas maneras, es verdad, otras mujeres y también para mí, y también hombres, rostros y dos gatos. La misma tarde en carretera hacia el mar, la misma tarde de lluvia espesa que me devolvió los pies y me hizo besar a un hombre; a un hombre sin asombro, hecho de sangre y pocas alas, y ganas de volar.
Pasará la terquedad pero jamás descanso y de todas maneras nací para estar sola o tú eres mi final ¿O habría que decir nacimiento y disparo? Hay que decir, prematuros, prematuros y sin cáscaras habrá un después, entre los ojos de los peces y mutilaré tus labios para coserlos a mi pecho, y dirás jamás, y estarás adentro.
Ahora y en todos los presentes demasiado concebirse nido y pronunciar tu nombre, tu manera de encontrar imperfecciones en todo lo imperfecto-perfecto: estar juntos para las diferencias, y tener que marcharse y cortar la lágrima prolongada, lágrima para unirme a los murciélagos o a ti. Lagrimea la oscuridad entre semáforos y jamás despertaré a tu lado pero estás junto a mi, o no, ya no importa.
Me quedaba sobre tu pecho hasta que el calor me expulsaba, un calor suave de cigarrillos y sábana húmeda, un calor que me llevó entre rendijas de ventana y media noche, el calor de un rostro que choca con otro rostro y piernas entrelazadas pero no, pero nunca hablar de ti y guardarte con la lengua derretida sobre el papel, con la lengua de cera y lámpara y resquicios de telaraña. Me quedaba quieta y ahíta de alfileres alrededor de los pezones y el detestar ladridos o la plática de las vecinas, me quedaba sin sueño y alejada un poco de ti, un poco para siempre me fui haciendo adicta al café, entre otras cosas, y me contabas de Asturias y yo a veces de Sexus Henrry Miler. Repetir la ropa, pedirte que te quedes... como ahora, como nunca.
Tomé mis dediciones al conocerte, mis decisiones efímeras, mi permanente contradicción. Parece que uno decide abandonarlo todo pero se acerca más y más y reencuentra la uña carcomida, la uña perdida entre el tráfago y el polvo de los libros, la descubre para recomenzar, para comenzar por única vez el masticar deseos y recordar plegarias nunca evocadas en la sombra. Recordar y sentir un abrazo que no se dio, que no puede darse.
Hay prados o alguna fogata seca y el mar o el camino para las tortugas. Esperar nunca termina, porque yo nunca dejaré de hacerlo, aunque parezca abandono, aunque me vaya siempre.

04/06/08

Sobre buscar, caer al hoyo y encontrar en las tinieblas

Ileana Garma

Bueno. Estoy enferma. Hace días que comencé una rutina de enajenación, o relajación, o búsqueda; cómo quieran y puedan entenderla. No leí, no escribí, no vi televisión, no me lavé el cabello, no escuché música, no dormí. Solicité una semana en el trabajo. No salí ni un día de la casa. El movimiento comenzó peleándome con mi hombre. Le dije que no me gustaba cómo me la metía y él callo. Es demasiado bueno, en la vida no se puede ser demasiado bueno, hay que ser frágil, hay que romperse. Para que uno logre ser auténticamente fiel a sí mismo, tiene que ser frágil. Y, el chico estaba desnudo y sobre la cama. Hace dos meses le pedí que no volviera a rasurarse y me hizo caso. Su barba ha crecido a lo largo de estos días en que tropezábamos con los muebles, con el aullido de la radio, con los lamentos de los casados, afuera, que eran casi siempre los apresados (a la rutina, a la necesidad de dinero, a la máscara del amor, oh los que ya no volverán a ser perseguidos ni perseguirán) Su barba creció. Cuando le dije que no me pusiera nunca más una mano encima, la barba le llegaba a las clavículas y yo sentí como nuestro olor derribaba las paredes. Entonces miré hacia la ventana. Tenemos un momento de dificultad económica porque él dejó el trabajo y en su nuevo puesto tardarán en pagarle. Supongo que pensó que por esto lo largaba. No es así.
Me senté en la silla blanca de la sala-comedor-cuarto de sueños y migajas de pan que fermenta. Lo dejaré todo pensé y, crucé las piernas. Antes claro, había desconectado el teléfono, apagado las lámparas y el celular. Al sol lo hirió de muerte un grupo de aves que emigraban. Los pájaros se asustaron cuando el cielo comenzó a enrojecer. No quería abrir los ojos, pero los miraba yendo de una arboleda a otra, espantando a los niños y las embarazadas. La noche acarició mis axilas. Sonó el timbre, no le había quitado las pilas. Tuve miedo, apenas comenzaba mi abandono y ya mi abandono me dejaba. Basta querida, una mujer que vive sola, ha de aprender a tener miedo. Fui y le quité las pilas al timbre. Todo estaba a oscuras, ahora me encontraba en el sofá-cama rojo. Dos mosquitos jugaban con mi sangre. Los autobuses pasaban más allá de los muros, llevando a hombres a sus espejos de sopa fría. En el departamento había sábanas que podrían cubrirme, y un par de muñecas y un reloj. Empecé a pensar en la comida, en el pan dulce, en la leche, en el chocolate de El moro, en los desayunos con mi hombre, en esa manera perfecta que tengo para preparar un huevo estrellado, que es dejar el aceite hirviendo, echar el huevo, lograr que la clara quede tostada, pero la yema cruda, echar la sal y... No, no basta. Yo soy la voz del que grita en el desierto. Jesús ayunó cuarenta días y cuarenta noches, y Joaquín el padre de María, y muchos, muchos otros. ¿Por qué no Ileana Garma? ¿Por qué no una occidental? ¿Por qué no una mujer que duda de su padre y de su madre? ¿Por qué no una chica del 2000? ¿Por qué no una adicta consumidora? ¿Una hija de la posmodernidad? ¿Una miedosa?
Estuve desnuda. Los días terminaron. Nací llena de sangre y de sangre me alimenté. Pero ya querida, no dramatices, me dije. Y ahora, antes de llegar al trabajo me bebí un litro de deliciosa jamaica bien helada. La necesitaba. Sentí como las costillas se abrían debajo de mi piel. ¿Qué logré de hacer todo esto? Creo que aprendí a extrañar. Aunque no esto es lo que me importa ahora, ya sabré cómo decirlo en mis poemas, en mis cuentos, en mis novelas. Me importa que no puedo dejar de vomitar. No me duele que haya niños afuera con los pellejos pegados a las pesadillas del hambre, ni que los ladrones se metan en los oídos de los obesos, ni que mis jefes descubran que soy una mansión para demoler. No he dejado de vomitar y eso me preocupa. Me duele la garganta, los oídos, las muelas, la nariz. Quiero llamarle a mi hombre y decirle que venga a cuidarme, quiero que nuestro olor forme túneles en el trueno, quiero que descubramos esa lluvia que adentro llevamos. Debo decirle que el amor no es encontrar tu vida, sino dejar tu vida, para encontrarlo a Él. Oh huesito mío, yo no sé de cobardías.