21/04/08

Inventario del desamor






Ileana Garma


En el Aro, fue P. y los dos estábamos muy ardidos como para disfrutar la situación. Bueno, de eso me enteré después, a la mañana, cuando él me contó que era ex de N. y recordé haberla visto en la fiesta con un tipo. Por mi parte fue sólo aceptar que el muchacho estaba muy bien, un actor que venía de acá, del D.F. Cuando pasó él tenia treinta años y yo diecinueve. Lo conocí ya al final de la reunión, ya no estabas, comprobé que todo era inútil y frágil, que no importaba en que puerta o cama terminara la noche y me fui con él, pero ya casi amanecía, me quité muy temprano. Él me llamó un par veces después a casa de nuestra amiga en común, esa misma tarde por ejemplo, pero ya no quise volver a saber nada, creo que quería recuperarte, o no, o había sido demasiado fracaso y punto. Lo volví a ver muchas veces, muchas, con N., sin N., y esa es la primera historia. E. es muy largo, todo él, su cabello, sus dientes, su columna vertebral, todo lo que a pasado con nosotros y me extraña que aun me escriba, yo odiaría a una mujer como yo, como el yo que he sido con E. de Alba.
Después del pleito por la caja de papeles que no eran cartitas de amor como siempre has pensado, sino trozos de un diario que hablaba mal de tu manera de decir que yo era tuya, de mis ganas de dejarte y saberme prensada por una insatisfacción personal, por el recelo de saberte casi perfecto para mí y del todo inoportuno y lleno de defectos para trenzar mi cabello a tus pasos. Eran capítulos de los ojos que te miraban y captaban que no habría ya otro camino, para nada quería que los leyeras, acabaron en un bote de basura pero anduvieron mucho tiempo cerca de mi, los seguí escribiendo, siempre tuve miedo de que llegaras a encontrarlos. Después de ese pleito no nos vimos medio mes, no sabia nada de ti y M. ya se iba para Francia. Un sábado lo conocí. La feria del libro estaba en los bajos del Olimpo y quise ver qué tanto había llegado. Alguien me presentó al hermano de M. y estuvimos platicando muchas horas, recuerdo que se hizo de noche y prometí regresar al siguiente día. Compré el libro de un Argentino. E. me encantó desde la primera vez que lo vi y quería coger con él. Me invitó a pasar la noche en casa de su papá, de hecho fue su padre quien nos recogió en una camioneta pero le dije que al día siguiente tenía un compromiso temprano y que prefería que vayamos a mi casa. Tomó una botella de vodka y en el camino compramos cigarros.
Hablamos como dos horas de libros hasta que llegamos a Mario Vargas Llosa, a el Elogio a la Madrastra. Le dije que no sabía masturbarme, que podía hacerlo pero que no pasaba nada, entonces él me dijo que podía enseñarme. También tenía treinta años aunque parecía mucho más viejo, y yo a mis diecinueve y medio, seguía pareciendo de catorce. Me mataba de la risa encontrar siempre a hombres de esa edad, como si mi sangre fuera clara en las obsesiones.
Nos bañamos juntos y nos fuimos a la hamaca, me hizo un riquísimo sexo oral, me pidió que me metiera el dedo, jugamos un buen rato y después cogimos. Mi mamá nos despertó llamando a la puerta y diciendo que me llevaba la ropa. Casi se me cae el cabello del susto. Él se escondió en el baño y yo saqué a mi madre diciéndole que ya se me hacía tarde. Me la llevé y la dejé en su casa. Después regresé a abrirle, pero E. había salido por la puerta de atrás y saltado el muro.
Ese mismo día, por la noche, nos fuimos a la playa. Ahí rentamos un cuarto pero no fue lo mismo, platicamos mucho otra vez y me volvió a hacer sexo oral. Yo ya no podía coger, me dolía, seguimos platicando hasta que amaneció.
Lo vi todos los días de esa semana por la noche, en su puesto en el pasaje de los hipies, así lo llamaba; el pasaje era en realidad el de la revolución o de la madre.
Creía que sola con él, en Puebla, iba a ser liberador, pero me mentí. Cogimos desde la primera vez que me fue a buscar a la estación. Otra vez el baño y después el sexo, pero ese invierno mis deseos comenzaban a secarse, no podía. E. tiene un falo enorme y aunque todas las noches lo intentaba, no había resultado, me dejó de gustar, me fastidió y al final lo trate mal. Nos tratamos muy mal. Yo estaba arriba, apenas comenzaba a moverme, Parker se escuchaba en la habitación de al lado, me detuve, él tenía los ojos cerrados, los abrió al sentir que no pasaba nada. Intentó apresarme las caderas pero yo salté de la cama y me encerré en el baño. Cuando salí E. fumaba marihuana, me invitó. Ya no hablamos el resto de las vacaciones, el resto de ese invierno gris y sin sudor. Supongo que me odió, yo simplemente no lo quería.
En febrero dijo que deseaba estar a mi lado, que vendría a buscarme. Lo vi cuando vino, dos veces, una en su puesto de libros y otra con nuestra amiga, en el café. Le prometí que lo llevaría a la casa, pero ya no volví a buscarlo, estuvo una semana y me escribió mucho al correo. Borré todo y por mucho tiempo no supe nada de él.
No recuerdo cuando y porque volví a escribirle, pero ya nada más era para contarle de cómo andaba mi vida. Cuando te odié de nuevo por que te alejabas, quise estar con él, o con cualquiera que me abrazara una noche.
H. es otra cosa, la verdad es que ni siquiera se escribir su nombre. A ese niño lo trato siempre tan mal, no entiendo cómo puede decir que me quiere, lo cierto es que dice que me quiere más de lo que nunca nadie va a poder quererme y me asusta pensar que sea así.
Te he odiado tanto A.
Cuando cogí con H. simplemente quería acostarme con alguien, nunca sólo tú porque yo no era sólo para ti, tenías a otras y además quería probar de nuevo a ese hombre, saber si el tiempo había echo que mejore, y si, mejoró, pero yo estaba vacía y harta y pensando que todo era injusto. Necesito saber que no es así, que tengo lo que merezco, que lo que merezco no es la perfección.
Lo de G., bueno, ella fue la única piel en la que pude derramarme por completo, la única certidumbre de existencia. Nos encerramos varios días en la comunidad. La gente creía que trabajábamos arreglando el museo, sólo salíamos para comer. Las lluvias se descargaban venenosas y dulces. Nosotras salíamos a nuestra terraza, ya sabes que el museo tiene bardas, íbamos penas vestidas con playeras anchas y gastadas, nos acostábamos sobre los charcos y cerrábamos los ojos cuando la lluvia arreciaba. A ella no la dejé por ti, la dejé por ella. Nos besábamos, nos mordíamos, nos traspasábamos, el agua se hundía en de nuestras bocas mientras el sol se diluía temeroso y pálido ante nuestra furia. Esta historia fue la más cercana al amor. El amor es una Furia.
Y aquí está el principio, lamentablemente terminable. Me encantan, sin embargo, esas calles sin luz, esos niños sin ojos, esos edificios huecos que se disuelven al amanecer, me encantan esas casa blancas que tienden a resecarse por el exceso de humo, y esas camas azules de alas rotas que construimos, cuando hacemos el amor. Porque el amor se hace, se construye, se fabrica, no surge de los buenos deseos, como estas historias fragmentadas.

Carta para entrar a la crueldad


Ileana Garma
Hay que poner al alma aprueba. Yo no soy este cuerpo, estos pezones contraídos por el frío, ni la garganta por donde ha pasado el jugo de naranja. Y claro que lo soy. Lo que quiero decir es que no podemos olvidarnos de que el alma está ahí. Esto es lo quería contarte el viernes. No nos levantamos para comer, para ir al trabajo, para juntar dinero, para cruzar por el interior de una casa, para un abrigo nuevo, para los hijos o para los regalos de navidad, porque entones sería cierto que no vamos a ninguna parte y caminamos como ciegos. Nos levantamos para conocer; poner a prueba nuestra alma, sentirla y disfrutar ser uno mismo. Y disfrutar no-ser, también.
Ya sabemos que no hacer nada, también es hacer algo. Pero no quiero estar en ese pellejo.
Hay que perseguir, existir y fermentar como dice Saúl Ibargoyen. El problema es que ahora no sé si existo, fermento o persigo, supongo que hago las tres cosas al mismo tiempo. Hoy me siento muy fuerte, porque tengo una semilla que me obliga abandonarlo todo, abandonar lo que fui. Y si ahora estoy, debajo de una blusa verde y la oscuridad de abril, en este valle de puentes, de ventanas que se cierran y automóviles que se estrellan contra los ojos abiertos de los niños, es porque hago un gran esfuerzo y porque no me olvido de ella. De mi alma. De algo que está en mí y que no son estas manos heladas, y esta imposibilidad para mantener el calor. La gente que no es por naturaleza razonable, obviamente está por encima de los que lo son, porque vive en el esfuerzo y la prueba; eso crea la virtud, al menos para Montaigne. Es tan fácil ser crueles y vengativos, por los mismo, es una vulgaridad, claro.
Soy una cosa tan aplastable y pequeña. Después de todo, no es el calor el que me remueve los lagrimales. No siento este calor, siento a la ciudad engullirme y a pesar, yo, la verdadera, me he colocado dentro del viento. Soy el viento que atraviesa las esquinas y desbarata los puestos improvisados, vuelco árboles, botes de basura, sacudo los columpios de parques enrejados y remuevo hojas amarillentas donde se cruzan los caminos hasta llegar a ti: giro en el techo de tu casa, voy a tu respiración, trazo círculos helados en tus pulmones, limpio tus pesadillas y te muerdo los parpados, entonces tiemblas y sientes que vas a caerte. Te despiertas sobresaltado.
Después de todo yo no quiero estar tranquila, esa era una confusión. No, no así es como quiero el orden de los segundos. Yo quiero mis segundos, no quiero orden. Quiero ver el bien en el mal y el mal en el bien. Ya dije que somos ciegos; el alma ni puede ser crítica, ni puede estar en prueba cuando todo nos parece que es bello, cuando no alcanzamos a ver más allá de los accidentes que hacen placentera nuestra vida.
Cuando estamos en desequilibrio, cuando nos damos cuenta de que por más que vayamos al trabajo, acumulemos dinero, y mandemos a nuestros hijos a las mejores esuelas, no va a haber equilibrio, (y no hablo del mundo, sino de uno mismo) entonces el alma podrá elegir, podrá ponerse a prueba y alejarse de la crueldad. Esto fue lo que le pasó a Iván Ilich. Montaigne subraya que “la virtud no admite facilidad por compañera”
Tú vas a morir a los cincuenta años, en una casa rentada en un país lejano y con muchas catedrales, con nieve, y la cafetera funcionando. Una mujer vestida de negro y con sombrero azul va a llegar, tocará la puerta, le abrirás, se besarán, eso ya lo sabemos. Vas a morir a los cincuenta años y yo a los cuarenta y cinco; sin abrigo, con nieve. “La muerte de un individuo es siempre semejante a su vida” ¿Que significa entonces esto? Yo siempre tengo un respuesta ambigua par todas las ambigüedades y es “La angustia es el precio de ser uno mismo”
Nos alimentamos de crueldad ¿no te parece? No quiero enumerar todos los mecanismos que tenemos para no dejarla ni un minuto, creo que sería redundar en algo que bien sabes. A mi me da risa, porque hemos llegado a esta época ayudándonos de crueldad. La gente paga por la crueldad, ella nos empuja a la posmodernidad. Las familias se unifican ante la crueldad. Los amigos gozan de ella. ¿Cómo evitar que el humo de los coches te haga llorar y que los niños en el super te obliguen a arrodillarte y a sujetarte la cabeza? No, soy una dramática. Es necesario mirar la crueldad y enfrentarla; sólo mediante una mirada clara, puede decirse que no, o que sí.
Si hay algo que no soporto es ver a la gente triste. Las peores locuras de mi vida las he hecho para no ver a gente triste. He cambiado mil veces de dirección por no ver a la gente triste. Pero en esos momentos también fui cruel y no me di cuenta. Yo era en realidad la única triste en esos caos. La no crueldad no es la felicidad (risas y risas como se le conoce), no podemos limitarnos a los extremos: la no crueldad es el equilibrio.
Muchas veces regresé con mi ex-pareja porque lo vi llorar debajo de la misma sábana donde yo estaba. Llorar sobre mis brazos, en aquella casa en que los dos caminábamos descalzos y nos habíamos burlado de la poesía contemporánea. Que llorara cerca de mí, parecía insoportable, pero claro, soy una tonta.
Sin embargo pienso que quiero ir a una corrida de toros. Puede ser que mi naturaleza sea propensa a la crueldad y si la metempsicosis es cierta, yo reencarnaré en un lobo, seguramente. Además en este tiempo tengo ganas de alimentarme de ti. Te mando un beso lleno de colmillos.









Carta a un domingo de tropiezos y decisiones


Ileana Garma

Balzac creía que un hombre inteligente es quién puede dedicarse a una sola cosa sin dispersarse. Leí más o menos esas palabras sepultada por un domingo caluroso, un domingo que amarilleaba entre paredes azules descarapeladas, una tarde extendida sobre un sillón negro y empolvado, como un pájaro débil que intenta volar.
Iba de un lado a otro en el departamento; sola, desnuda, desquiciada. Tomaba un libro del cuarto y lo dejaba en la cocina, buscaba sobre el mueble del recibidor y encontraba a Mafalda o la Elle. Indagaba frases nunca escritas sobre las paredes, o colecciones ficticias en el patio. No tenemos nada pequeña, pensaba, e Ibn Hazam de Córdoba me dijo; Si te retiras del amor, él se retirará de ti, y, si te ves un día abandonado, es porque abandonaste el amor.
Busco esa cosa a la que pueda dedicarme, a la que pueda aferrarme con todas mis venas, y sin pasión. Busco un movimiento que me de respiración, que me de alas, que no me obligue a mirarme al espejo y tener miedo. No creo que haya virtud en dedicarnos sólo a una cosa, la virtud consistiría en lograr que esa cosa a la que nos dediquemos, nos dé felicidad. He escuchado a mis compañeros burócratas hablar de los consejos que les dan a sus hijos, y éstos son: Sé inteligente, se triunfador, no te dejes, estudia. ¿Nadie le dice a sus hijos; sé feliz? Y regresando a Balzac, señor Balzac, ¿dedicarse a una sola cosa, es dedicarse a ser feliz?
Voy de un lado a otro en una habitación sucia de amor y odios producidos por el amor y, desnuda, arrastro una sábana rota en medio de paredes que me desconocen. Ya llevo casi un lustro de aquella edad en que me sentenciaron a ser “ciudadana”, a ser un zopilote más sobre la carroña, un zopilote herido con apenas las uñas necesarias para continuar. Ibn Hazam de Córdoba aparece de nuevo junto a mí, para decirme; Pero al agua salobre no te acerques, porque no se traga, y un hombre libre debe preferir la sed.
Yo prefiero la sed en el amor y en la noche, yo sé que prefiero la sed, por algo me atreví a ir en busca de una versión de Jauja, alguna ventana habitable, un jardín espeso sin mucho sol, ni mucha sombra, un padre que me protegiera y se dejara proteger. Yo me salvé de los buenos días en el desayuno, de despedir a los hijos para la escuela, me salvé de tener un domingo familiar, ya lo he dicho, pero estoy aquí, agachada sobre la fría losa del baño, escondiéndome del griterío de la calle, del pecho, de la frustración. Estoy contando cuántos cabellos tengo, para no asustarme, para no creer que he perdido el tiempo, para no morderme el brazo, para no morir de melancolía.
Estoy a punto de cumplir veintitrés años. Mi historia se alimenta de una familia dispersa, de ideas que no se acomodan sobre la hoja, de noches maduras que se desprenden de mis costillas dejando un rastro de lágrimas resecas, mi historia es un hombre del sur que quiso comerme las líneas de las manos, y otros hombres que tal vez me mordieron los párpados, sin percibir que se sacaban los ojos a sí mismos. Escribo esta carta para decirle al señor Balzac, y para decirme, que uno puede dedicarse a una cosa, haciéndolo todo. Usted, señor Balzac, se enfrentó a graves problemas económicos y amorosos, usted tuvo que mentir, tuvo que disfrazar la verdad, para darle luz, así que no nos confunda.
Cualquier día me quedo sin trabajo, sin casa, sin agua, sin posible tristeza. Voy a seguir no porque escribir valga la pena. La palabra no me da lo que me da la vida. Lo que me da encontrarme con balcones grises a mitad de una tarde áspera y ajena. No me da lo que me ofrece la sorpresa de estar sola, casi abandonada, mintiéndome por gusto, inventando futuros arreglos y llorando por pesadillas forzadas. Las avenidas de la existencia son más ricas en luces y desastres que una hoja en blanco. Si debemos dedicarnos a una sola cosa con todas nuestras fuerzas, es a vivir.

11/04/08

Declaración de lo visible e invisible


No es el día quién acaba. La luz se ensucia y yo cargo maletas en la sangre. No un día se agota y explota de oscuridad, sino que mis piernas se llenan de obstáculos y mis gritos se escuchan detrás del océano, por más que yo me tape la boca. No es que las fechas sean únicas, sino que la manera en que mis pestañas se movían ante ti, esas pestañas que ondulaban con el sudor y la cortina, no pueden reconocerse ahora, no pueden estar a mi lado, nunca. Amor, este cuerpo no escucha, anda con su vida y sus vellos, sube escaleras, se aprende de memoria los transbordos, no me deja intervenir, me dice cállate. Ayer sin embargo era yo un círculo eléctrico, quemaba las sábanas y todo posible descanso. Estoy en mis días, ya ves, no hay que preocuparnos, porque aunque un condón se haya roto, mi cuerpo se defiende. Generalmente mi cuerpo es más sabio que yo y se adelanta y te besa y te apresa las manos, yo lo veo moverse y sonrío, sabe más que yo, sabe lo que quiero. Ayer casi no pude dormir y todavía, ahora, mi cuerpo está luchando contra un día en conafe y el viento y la silla acojinada. Hoy llevo una blusa que nunca has visto, es una lástima, me siento linda. Va a terminar abril, pero no es cierto, ciertamente no es así. Voy a terminar yo como una hoja devorada por insectos, insectos que han crecido como collares de piel, insectos que son un par de brazos, un par de piernas, un ombligo, una columna vertebral como un barco que se aleja, insectos como un niño que ha dejado de ser todos los niños y que también es devorado. Mi cuerpo sigue aquí, y reina sobre las cáscaras y las hojas mordidas. Yo me río del oxido y las fechas. Estoy contigo Augusto, debajo los perros aúllan y los árboles se hunden. Las nubes se pierden, dan vueltas sobre una fiesta nocturna, sobre un disfraz o un asesinato; no existen sino las hemos robado para nuestra memoria; lo mismo con el mar, lo mismo con esta computadora. Pero debemos de estar alerta, porque no sólo yo he guardado: mi cuerpo se aprende mecanismos y flechas, es mi cuerpo quién roba ritmos y palabras, es éste cuerpo también quién te a robado, y te sujeta dentro de mí.