
Ileana Garma
En el Aro, fue P. y los dos estábamos muy ardidos como para disfrutar la situación. Bueno, de eso me enteré después, a la mañana, cuando él me contó que era ex de N. y recordé haberla visto en la fiesta con un tipo. Por mi parte fue sólo aceptar que el muchacho estaba muy bien, un actor que venía de acá, del D.F. Cuando pasó él tenia treinta años y yo diecinueve. Lo conocí ya al final de la reunión, ya no estabas, comprobé que todo era inútil y frágil, que no importaba en que puerta o cama terminara la noche y me fui con él, pero ya casi amanecía, me quité muy temprano. Él me llamó un par veces después a casa de nuestra amiga en común, esa misma tarde por ejemplo, pero ya no quise volver a saber nada, creo que quería recuperarte, o no, o había sido demasiado fracaso y punto. Lo volví a ver muchas veces, muchas, con N., sin N., y esa es la primera historia. E. es muy largo, todo él, su cabello, sus dientes, su columna vertebral, todo lo que a pasado con nosotros y me extraña que aun me escriba, yo odiaría a una mujer como yo, como el yo que he sido con E. de Alba.
Después del pleito por la caja de papeles que no eran cartitas de amor como siempre has pensado, sino trozos de un diario que hablaba mal de tu manera de decir que yo era tuya, de mis ganas de dejarte y saberme prensada por una insatisfacción personal, por el recelo de saberte casi perfecto para mí y del todo inoportuno y lleno de defectos para trenzar mi cabello a tus pasos. Eran capítulos de los ojos que te miraban y captaban que no habría ya otro camino, para nada quería que los leyeras, acabaron en un bote de basura pero anduvieron mucho tiempo cerca de mi, los seguí escribiendo, siempre tuve miedo de que llegaras a encontrarlos. Después de ese pleito no nos vimos medio mes, no sabia nada de ti y M. ya se iba para Francia. Un sábado lo conocí. La feria del libro estaba en los bajos del Olimpo y quise ver qué tanto había llegado. Alguien me presentó al hermano de M. y estuvimos platicando muchas horas, recuerdo que se hizo de noche y prometí regresar al siguiente día. Compré el libro de un Argentino. E. me encantó desde la primera vez que lo vi y quería coger con él. Me invitó a pasar la noche en casa de su papá, de hecho fue su padre quien nos recogió en una camioneta pero le dije que al día siguiente tenía un compromiso temprano y que prefería que vayamos a mi casa. Tomó una botella de vodka y en el camino compramos cigarros.
Hablamos como dos horas de libros hasta que llegamos a Mario Vargas Llosa, a el Elogio a la Madrastra. Le dije que no sabía masturbarme, que podía hacerlo pero que no pasaba nada, entonces él me dijo que podía enseñarme. También tenía treinta años aunque parecía mucho más viejo, y yo a mis diecinueve y medio, seguía pareciendo de catorce. Me mataba de la risa encontrar siempre a hombres de esa edad, como si mi sangre fuera clara en las obsesiones.
Nos bañamos juntos y nos fuimos a la hamaca, me hizo un riquísimo sexo oral, me pidió que me metiera el dedo, jugamos un buen rato y después cogimos. Mi mamá nos despertó llamando a la puerta y diciendo que me llevaba la ropa. Casi se me cae el cabello del susto. Él se escondió en el baño y yo saqué a mi madre diciéndole que ya se me hacía tarde. Me la llevé y la dejé en su casa. Después regresé a abrirle, pero E. había salido por la puerta de atrás y saltado el muro.
Ese mismo día, por la noche, nos fuimos a la playa. Ahí rentamos un cuarto pero no fue lo mismo, platicamos mucho otra vez y me volvió a hacer sexo oral. Yo ya no podía coger, me dolía, seguimos platicando hasta que amaneció.
Lo vi todos los días de esa semana por la noche, en su puesto en el pasaje de los hipies, así lo llamaba; el pasaje era en realidad el de la revolución o de la madre.
Creía que sola con él, en Puebla, iba a ser liberador, pero me mentí. Cogimos desde la primera vez que me fue a buscar a la estación. Otra vez el baño y después el sexo, pero ese invierno mis deseos comenzaban a secarse, no podía. E. tiene un falo enorme y aunque todas las noches lo intentaba, no había resultado, me dejó de gustar, me fastidió y al final lo trate mal. Nos tratamos muy mal. Yo estaba arriba, apenas comenzaba a moverme, Parker se escuchaba en la habitación de al lado, me detuve, él tenía los ojos cerrados, los abrió al sentir que no pasaba nada. Intentó apresarme las caderas pero yo salté de la cama y me encerré en el baño. Cuando salí E. fumaba marihuana, me invitó. Ya no hablamos el resto de las vacaciones, el resto de ese invierno gris y sin sudor. Supongo que me odió, yo simplemente no lo quería.
En febrero dijo que deseaba estar a mi lado, que vendría a buscarme. Lo vi cuando vino, dos veces, una en su puesto de libros y otra con nuestra amiga, en el café. Le prometí que lo llevaría a la casa, pero ya no volví a buscarlo, estuvo una semana y me escribió mucho al correo. Borré todo y por mucho tiempo no supe nada de él.
No recuerdo cuando y porque volví a escribirle, pero ya nada más era para contarle de cómo andaba mi vida. Cuando te odié de nuevo por que te alejabas, quise estar con él, o con cualquiera que me abrazara una noche.
H. es otra cosa, la verdad es que ni siquiera se escribir su nombre. A ese niño lo trato siempre tan mal, no entiendo cómo puede decir que me quiere, lo cierto es que dice que me quiere más de lo que nunca nadie va a poder quererme y me asusta pensar que sea así.
Te he odiado tanto A.
Cuando cogí con H. simplemente quería acostarme con alguien, nunca sólo tú porque yo no era sólo para ti, tenías a otras y además quería probar de nuevo a ese hombre, saber si el tiempo había echo que mejore, y si, mejoró, pero yo estaba vacía y harta y pensando que todo era injusto. Necesito saber que no es así, que tengo lo que merezco, que lo que merezco no es la perfección.
Lo de G., bueno, ella fue la única piel en la que pude derramarme por completo, la única certidumbre de existencia. Nos encerramos varios días en la comunidad. La gente creía que trabajábamos arreglando el museo, sólo salíamos para comer. Las lluvias se descargaban venenosas y dulces. Nosotras salíamos a nuestra terraza, ya sabes que el museo tiene bardas, íbamos penas vestidas con playeras anchas y gastadas, nos acostábamos sobre los charcos y cerrábamos los ojos cuando la lluvia arreciaba. A ella no la dejé por ti, la dejé por ella. Nos besábamos, nos mordíamos, nos traspasábamos, el agua se hundía en de nuestras bocas mientras el sol se diluía temeroso y pálido ante nuestra furia. Esta historia fue la más cercana al amor. El amor es una Furia.
Y aquí está el principio, lamentablemente terminable. Me encantan, sin embargo, esas calles sin luz, esos niños sin ojos, esos edificios huecos que se disuelven al amanecer, me encantan esas casa blancas que tienden a resecarse por el exceso de humo, y esas camas azules de alas rotas que construimos, cuando hacemos el amor. Porque el amor se hace, se construye, se fabrica, no surge de los buenos deseos, como estas historias fragmentadas.
En el Aro, fue P. y los dos estábamos muy ardidos como para disfrutar la situación. Bueno, de eso me enteré después, a la mañana, cuando él me contó que era ex de N. y recordé haberla visto en la fiesta con un tipo. Por mi parte fue sólo aceptar que el muchacho estaba muy bien, un actor que venía de acá, del D.F. Cuando pasó él tenia treinta años y yo diecinueve. Lo conocí ya al final de la reunión, ya no estabas, comprobé que todo era inútil y frágil, que no importaba en que puerta o cama terminara la noche y me fui con él, pero ya casi amanecía, me quité muy temprano. Él me llamó un par veces después a casa de nuestra amiga en común, esa misma tarde por ejemplo, pero ya no quise volver a saber nada, creo que quería recuperarte, o no, o había sido demasiado fracaso y punto. Lo volví a ver muchas veces, muchas, con N., sin N., y esa es la primera historia. E. es muy largo, todo él, su cabello, sus dientes, su columna vertebral, todo lo que a pasado con nosotros y me extraña que aun me escriba, yo odiaría a una mujer como yo, como el yo que he sido con E. de Alba.
Después del pleito por la caja de papeles que no eran cartitas de amor como siempre has pensado, sino trozos de un diario que hablaba mal de tu manera de decir que yo era tuya, de mis ganas de dejarte y saberme prensada por una insatisfacción personal, por el recelo de saberte casi perfecto para mí y del todo inoportuno y lleno de defectos para trenzar mi cabello a tus pasos. Eran capítulos de los ojos que te miraban y captaban que no habría ya otro camino, para nada quería que los leyeras, acabaron en un bote de basura pero anduvieron mucho tiempo cerca de mi, los seguí escribiendo, siempre tuve miedo de que llegaras a encontrarlos. Después de ese pleito no nos vimos medio mes, no sabia nada de ti y M. ya se iba para Francia. Un sábado lo conocí. La feria del libro estaba en los bajos del Olimpo y quise ver qué tanto había llegado. Alguien me presentó al hermano de M. y estuvimos platicando muchas horas, recuerdo que se hizo de noche y prometí regresar al siguiente día. Compré el libro de un Argentino. E. me encantó desde la primera vez que lo vi y quería coger con él. Me invitó a pasar la noche en casa de su papá, de hecho fue su padre quien nos recogió en una camioneta pero le dije que al día siguiente tenía un compromiso temprano y que prefería que vayamos a mi casa. Tomó una botella de vodka y en el camino compramos cigarros.
Hablamos como dos horas de libros hasta que llegamos a Mario Vargas Llosa, a el Elogio a la Madrastra. Le dije que no sabía masturbarme, que podía hacerlo pero que no pasaba nada, entonces él me dijo que podía enseñarme. También tenía treinta años aunque parecía mucho más viejo, y yo a mis diecinueve y medio, seguía pareciendo de catorce. Me mataba de la risa encontrar siempre a hombres de esa edad, como si mi sangre fuera clara en las obsesiones.
Nos bañamos juntos y nos fuimos a la hamaca, me hizo un riquísimo sexo oral, me pidió que me metiera el dedo, jugamos un buen rato y después cogimos. Mi mamá nos despertó llamando a la puerta y diciendo que me llevaba la ropa. Casi se me cae el cabello del susto. Él se escondió en el baño y yo saqué a mi madre diciéndole que ya se me hacía tarde. Me la llevé y la dejé en su casa. Después regresé a abrirle, pero E. había salido por la puerta de atrás y saltado el muro.
Ese mismo día, por la noche, nos fuimos a la playa. Ahí rentamos un cuarto pero no fue lo mismo, platicamos mucho otra vez y me volvió a hacer sexo oral. Yo ya no podía coger, me dolía, seguimos platicando hasta que amaneció.
Lo vi todos los días de esa semana por la noche, en su puesto en el pasaje de los hipies, así lo llamaba; el pasaje era en realidad el de la revolución o de la madre.
Creía que sola con él, en Puebla, iba a ser liberador, pero me mentí. Cogimos desde la primera vez que me fue a buscar a la estación. Otra vez el baño y después el sexo, pero ese invierno mis deseos comenzaban a secarse, no podía. E. tiene un falo enorme y aunque todas las noches lo intentaba, no había resultado, me dejó de gustar, me fastidió y al final lo trate mal. Nos tratamos muy mal. Yo estaba arriba, apenas comenzaba a moverme, Parker se escuchaba en la habitación de al lado, me detuve, él tenía los ojos cerrados, los abrió al sentir que no pasaba nada. Intentó apresarme las caderas pero yo salté de la cama y me encerré en el baño. Cuando salí E. fumaba marihuana, me invitó. Ya no hablamos el resto de las vacaciones, el resto de ese invierno gris y sin sudor. Supongo que me odió, yo simplemente no lo quería.
En febrero dijo que deseaba estar a mi lado, que vendría a buscarme. Lo vi cuando vino, dos veces, una en su puesto de libros y otra con nuestra amiga, en el café. Le prometí que lo llevaría a la casa, pero ya no volví a buscarlo, estuvo una semana y me escribió mucho al correo. Borré todo y por mucho tiempo no supe nada de él.
No recuerdo cuando y porque volví a escribirle, pero ya nada más era para contarle de cómo andaba mi vida. Cuando te odié de nuevo por que te alejabas, quise estar con él, o con cualquiera que me abrazara una noche.
H. es otra cosa, la verdad es que ni siquiera se escribir su nombre. A ese niño lo trato siempre tan mal, no entiendo cómo puede decir que me quiere, lo cierto es que dice que me quiere más de lo que nunca nadie va a poder quererme y me asusta pensar que sea así.
Te he odiado tanto A.
Cuando cogí con H. simplemente quería acostarme con alguien, nunca sólo tú porque yo no era sólo para ti, tenías a otras y además quería probar de nuevo a ese hombre, saber si el tiempo había echo que mejore, y si, mejoró, pero yo estaba vacía y harta y pensando que todo era injusto. Necesito saber que no es así, que tengo lo que merezco, que lo que merezco no es la perfección.
Lo de G., bueno, ella fue la única piel en la que pude derramarme por completo, la única certidumbre de existencia. Nos encerramos varios días en la comunidad. La gente creía que trabajábamos arreglando el museo, sólo salíamos para comer. Las lluvias se descargaban venenosas y dulces. Nosotras salíamos a nuestra terraza, ya sabes que el museo tiene bardas, íbamos penas vestidas con playeras anchas y gastadas, nos acostábamos sobre los charcos y cerrábamos los ojos cuando la lluvia arreciaba. A ella no la dejé por ti, la dejé por ella. Nos besábamos, nos mordíamos, nos traspasábamos, el agua se hundía en de nuestras bocas mientras el sol se diluía temeroso y pálido ante nuestra furia. Esta historia fue la más cercana al amor. El amor es una Furia.
Y aquí está el principio, lamentablemente terminable. Me encantan, sin embargo, esas calles sin luz, esos niños sin ojos, esos edificios huecos que se disuelven al amanecer, me encantan esas casa blancas que tienden a resecarse por el exceso de humo, y esas camas azules de alas rotas que construimos, cuando hacemos el amor. Porque el amor se hace, se construye, se fabrica, no surge de los buenos deseos, como estas historias fragmentadas.
