Ileana Garma
Bueno. Estoy enferma. Hace días que comencé una rutina de enajenación, o relajación, o búsqueda; cómo quieran y puedan entenderla. No leí, no escribí, no vi televisión, no me lavé el cabello, no escuché música, no dormí. Solicité una semana en el trabajo. No salí ni un día de la casa. El movimiento comenzó peleándome con mi hombre. Le dije que no me gustaba cómo me la metía y él callo. Es demasiado bueno, en la vida no se puede ser demasiado bueno, hay que ser frágil, hay que romperse. Para que uno logre ser auténticamente fiel a sí mismo, tiene que ser frágil. Y, el chico estaba desnudo y sobre la cama. Hace dos meses le pedí que no volviera a rasurarse y me hizo caso. Su barba ha crecido a lo largo de estos días en que tropezábamos con los muebles, con el aullido de la radio, con los lamentos de los casados, afuera, que eran casi siempre los apresados (a la rutina, a la necesidad de dinero, a la máscara del amor, oh los que ya no volverán a ser perseguidos ni perseguirán) Su barba creció. Cuando le dije que no me pusiera nunca más una mano encima, la barba le llegaba a las clavículas y yo sentí como nuestro olor derribaba las paredes. Entonces miré hacia la ventana. Tenemos un momento de dificultad económica porque él dejó el trabajo y en su nuevo puesto tardarán en pagarle. Supongo que pensó que por esto lo largaba. No es así.
Me senté en la silla blanca de la sala-comedor-cuarto de sueños y migajas de pan que fermenta. Lo dejaré todo pensé y, crucé las piernas. Antes claro, había desconectado el teléfono, apagado las lámparas y el celular. Al sol lo hirió de muerte un grupo de aves que emigraban. Los pájaros se asustaron cuando el cielo comenzó a enrojecer. No quería abrir los ojos, pero los miraba yendo de una arboleda a otra, espantando a los niños y las embarazadas. La noche acarició mis axilas. Sonó el timbre, no le había quitado las pilas. Tuve miedo, apenas comenzaba mi abandono y ya mi abandono me dejaba. Basta querida, una mujer que vive sola, ha de aprender a tener miedo. Fui y le quité las pilas al timbre. Todo estaba a oscuras, ahora me encontraba en el sofá-cama rojo. Dos mosquitos jugaban con mi sangre. Los autobuses pasaban más allá de los muros, llevando a hombres a sus espejos de sopa fría. En el departamento había sábanas que podrían cubrirme, y un par de muñecas y un reloj. Empecé a pensar en la comida, en el pan dulce, en la leche, en el chocolate de El moro, en los desayunos con mi hombre, en esa manera perfecta que tengo para preparar un huevo estrellado, que es dejar el aceite hirviendo, echar el huevo, lograr que la clara quede tostada, pero la yema cruda, echar la sal y... No, no basta. Yo soy la voz del que grita en el desierto. Jesús ayunó cuarenta días y cuarenta noches, y Joaquín el padre de María, y muchos, muchos otros. ¿Por qué no Ileana Garma? ¿Por qué no una occidental? ¿Por qué no una mujer que duda de su padre y de su madre? ¿Por qué no una chica del 2000? ¿Por qué no una adicta consumidora? ¿Una hija de la posmodernidad? ¿Una miedosa?
Estuve desnuda. Los días terminaron. Nací llena de sangre y de sangre me alimenté. Pero ya querida, no dramatices, me dije. Y ahora, antes de llegar al trabajo me bebí un litro de deliciosa jamaica bien helada. La necesitaba. Sentí como las costillas se abrían debajo de mi piel. ¿Qué logré de hacer todo esto? Creo que aprendí a extrañar. Aunque no esto es lo que me importa ahora, ya sabré cómo decirlo en mis poemas, en mis cuentos, en mis novelas. Me importa que no puedo dejar de vomitar. No me duele que haya niños afuera con los pellejos pegados a las pesadillas del hambre, ni que los ladrones se metan en los oídos de los obesos, ni que mis jefes descubran que soy una mansión para demoler. No he dejado de vomitar y eso me preocupa. Me duele la garganta, los oídos, las muelas, la nariz. Quiero llamarle a mi hombre y decirle que venga a cuidarme, quiero que nuestro olor forme túneles en el trueno, quiero que descubramos esa lluvia que adentro llevamos. Debo decirle que el amor no es encontrar tu vida, sino dejar tu vida, para encontrarlo a Él. Oh huesito mío, yo no sé de cobardías.
04/06/08
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1 comentarios:
Vaya. Esa situación de la pareja barbuda se me hizo interesante, crei que ahí iba a tomar la forma de cuento pero al final parece un dia curioso en tu diario personal, igual interesante. Saludos.
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