Ileana Garma
Hablamos de la tristeza, pero no hacemos más que sostener la palabra, como si con ella se dijera todo. ¿Y por qué ese enorme lugar común de situar a la tristeza en medio de campos grises y lluviosos? ¿Por qué hacemos la relación inmediata de la lluvia con el llanto y, la inmovilidad con la pesadumbre? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades donde el sol es una culebra que inyecta su veneno a todos los transeúntes; ciudades en que la gente se detiene en las esquinas y se seca el sudor con la mano, donde las personas no pueden ver más allá de sus pies porque la luz da latigazos que les hacen recordar que están solos y tienen que caminar con la cabeza agachada? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades en donde la gente deambula con ropas coloridas, deja su sal en los asientos del camión, bebe agua y siempre la temperatura les come las amígdalas, la espalda, la frente y, a cada instante el calor les recuerda que tienen que huir hacia la oscuridad, hacia las viviendas espesas que se achican y gotean debajo de la mano demoledora de un rey asesino?
Yo nací en Mérida Yucatán, o la ciudad blanca, o la ciudad astillada por el sol. Yo me desvanecí mil tardes y le tenía miedo al medio día. Yo tomaba botellas y botellas de agua que sentía que se desparramaban a través de mis poros, sobre el espejo, sobre las paredes, en ventanas que abría para comprobar que no estaba en el infierno ni pagando pecados, sobre esos pórticos que me aseguraban que sí, que yo estaba en el infierno. ¿Cómo entonces salir a jugar y correr y agitar las manos? No, yo me quedaba bajo el resguardo de una hacienda de techos altos, entre mapas, anaqueles de libros, y palabras como una gotera sobre el cráneo.
No conozco las ciudades de las que habla Vasconselos. Para mí, el frío, la lluvia, los días nublados que he vivido en la ciudad de México, en su Reforma de autos que se deslizan a través de la necesidad y del frío, en medio de abrigos y mujeres gordas que lloran junto a un semáforo y contestan el celular, delante de policías que ordenan el tráfago fuera de sus impermeables, pero nunca dentro de ellos; esos días nublados los entiendo como mágicos, como llenos de un enigma que todavía no puedo reconocer. Me muevo en medio de los días negros como se movería un papalote en la mano de un día con aire y a campo abierto. Yo me elevo y agito en los días negros como se agitaría un zopilote al presenciar la carne corroída. Porque no son los días grises, ni los soleados, ni las ciudades calurosas, ni las frías, las que son tristes, sino el ser humano.
La ciudad y el día son cosas que cobran la vida que uno le imprime. Es la vida de un hombre la que es triste, no el día, no el escenario. Un ser que es triste se encuentra melancólico frente a una fuente con tres niños que se han metido a bañar y juegan con el agua sucia y las palomas. Un hombre alegre ve la limpieza y la posibilidad. Un hombre pesado aprehende la suciedad y la imposibilidad.
¿En verdad es a costa del daño que se deforma la sensibilidad? ¿Puede una ciudad ser la responsable del daño, puede la atmósfera de un día clavar alfileres en nuestro espíritu? Sí. Empero, debiéramos sentirnos afortunados los que pueden sentir esto. Aquellos que perciben cómo la tristeza se levanta debajo del polvo de los pájaros negros en las plazas soleadas, o como la tranquilidad y la alegría se depositan pausadamente dentro de los basureros mojados de la ciudad; son personas que no se han endurecido, que todavía pueden ver más allá del objeto.
Cuando has tenido que hacerte duro para protegerte de la ciudad, de los días, y más que el día y ciudad en abstracto, lo que son, es decir: la gente que se mueve dentro de ellos; entonces ya nada puede tocarte, te has preparado para la indiferencia. El precio es que tú no puedes tocar nada y la indiferencia se ha preparado para ti. Sólo es posible vivir una gran alegría, cuando se ha vivido un gran dolor, como el negro sólo brilla y contrasta, cuando se halla rodeado de blancura.
José Vasconselos. Tristeza. El Ensayo Mexicano Moderno I. FCE. 2001
Hablamos de la tristeza, pero no hacemos más que sostener la palabra, como si con ella se dijera todo. ¿Y por qué ese enorme lugar común de situar a la tristeza en medio de campos grises y lluviosos? ¿Por qué hacemos la relación inmediata de la lluvia con el llanto y, la inmovilidad con la pesadumbre? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades donde el sol es una culebra que inyecta su veneno a todos los transeúntes; ciudades en que la gente se detiene en las esquinas y se seca el sudor con la mano, donde las personas no pueden ver más allá de sus pies porque la luz da latigazos que les hacen recordar que están solos y tienen que caminar con la cabeza agachada? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades en donde la gente deambula con ropas coloridas, deja su sal en los asientos del camión, bebe agua y siempre la temperatura les come las amígdalas, la espalda, la frente y, a cada instante el calor les recuerda que tienen que huir hacia la oscuridad, hacia las viviendas espesas que se achican y gotean debajo de la mano demoledora de un rey asesino?
Yo nací en Mérida Yucatán, o la ciudad blanca, o la ciudad astillada por el sol. Yo me desvanecí mil tardes y le tenía miedo al medio día. Yo tomaba botellas y botellas de agua que sentía que se desparramaban a través de mis poros, sobre el espejo, sobre las paredes, en ventanas que abría para comprobar que no estaba en el infierno ni pagando pecados, sobre esos pórticos que me aseguraban que sí, que yo estaba en el infierno. ¿Cómo entonces salir a jugar y correr y agitar las manos? No, yo me quedaba bajo el resguardo de una hacienda de techos altos, entre mapas, anaqueles de libros, y palabras como una gotera sobre el cráneo.
No conozco las ciudades de las que habla Vasconselos. Para mí, el frío, la lluvia, los días nublados que he vivido en la ciudad de México, en su Reforma de autos que se deslizan a través de la necesidad y del frío, en medio de abrigos y mujeres gordas que lloran junto a un semáforo y contestan el celular, delante de policías que ordenan el tráfago fuera de sus impermeables, pero nunca dentro de ellos; esos días nublados los entiendo como mágicos, como llenos de un enigma que todavía no puedo reconocer. Me muevo en medio de los días negros como se movería un papalote en la mano de un día con aire y a campo abierto. Yo me elevo y agito en los días negros como se agitaría un zopilote al presenciar la carne corroída. Porque no son los días grises, ni los soleados, ni las ciudades calurosas, ni las frías, las que son tristes, sino el ser humano.
La ciudad y el día son cosas que cobran la vida que uno le imprime. Es la vida de un hombre la que es triste, no el día, no el escenario. Un ser que es triste se encuentra melancólico frente a una fuente con tres niños que se han metido a bañar y juegan con el agua sucia y las palomas. Un hombre alegre ve la limpieza y la posibilidad. Un hombre pesado aprehende la suciedad y la imposibilidad.
¿En verdad es a costa del daño que se deforma la sensibilidad? ¿Puede una ciudad ser la responsable del daño, puede la atmósfera de un día clavar alfileres en nuestro espíritu? Sí. Empero, debiéramos sentirnos afortunados los que pueden sentir esto. Aquellos que perciben cómo la tristeza se levanta debajo del polvo de los pájaros negros en las plazas soleadas, o como la tranquilidad y la alegría se depositan pausadamente dentro de los basureros mojados de la ciudad; son personas que no se han endurecido, que todavía pueden ver más allá del objeto.
Cuando has tenido que hacerte duro para protegerte de la ciudad, de los días, y más que el día y ciudad en abstracto, lo que son, es decir: la gente que se mueve dentro de ellos; entonces ya nada puede tocarte, te has preparado para la indiferencia. El precio es que tú no puedes tocar nada y la indiferencia se ha preparado para ti. Sólo es posible vivir una gran alegría, cuando se ha vivido un gran dolor, como el negro sólo brilla y contrasta, cuando se halla rodeado de blancura.
José Vasconselos. Tristeza. El Ensayo Mexicano Moderno I. FCE. 2001
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