
Ileana Garma
Balzac creía que un hombre inteligente es quién puede dedicarse a una sola cosa sin dispersarse. Leí más o menos esas palabras sepultada por un domingo caluroso, un domingo que amarilleaba entre paredes azules descarapeladas, una tarde extendida sobre un sillón negro y empolvado, como un pájaro débil que intenta volar.
Iba de un lado a otro en el departamento; sola, desnuda, desquiciada. Tomaba un libro del cuarto y lo dejaba en la cocina, buscaba sobre el mueble del recibidor y encontraba a Mafalda o la Elle. Indagaba frases nunca escritas sobre las paredes, o colecciones ficticias en el patio. No tenemos nada pequeña, pensaba, e Ibn Hazam de Córdoba me dijo; Si te retiras del amor, él se retirará de ti, y, si te ves un día abandonado, es porque abandonaste el amor.
Busco esa cosa a la que pueda dedicarme, a la que pueda aferrarme con todas mis venas, y sin pasión. Busco un movimiento que me de respiración, que me de alas, que no me obligue a mirarme al espejo y tener miedo. No creo que haya virtud en dedicarnos sólo a una cosa, la virtud consistiría en lograr que esa cosa a la que nos dediquemos, nos dé felicidad. He escuchado a mis compañeros burócratas hablar de los consejos que les dan a sus hijos, y éstos son: Sé inteligente, se triunfador, no te dejes, estudia. ¿Nadie le dice a sus hijos; sé feliz? Y regresando a Balzac, señor Balzac, ¿dedicarse a una sola cosa, es dedicarse a ser feliz?
Voy de un lado a otro en una habitación sucia de amor y odios producidos por el amor y, desnuda, arrastro una sábana rota en medio de paredes que me desconocen. Ya llevo casi un lustro de aquella edad en que me sentenciaron a ser “ciudadana”, a ser un zopilote más sobre la carroña, un zopilote herido con apenas las uñas necesarias para continuar. Ibn Hazam de Córdoba aparece de nuevo junto a mí, para decirme; Pero al agua salobre no te acerques, porque no se traga, y un hombre libre debe preferir la sed.
Yo prefiero la sed en el amor y en la noche, yo sé que prefiero la sed, por algo me atreví a ir en busca de una versión de Jauja, alguna ventana habitable, un jardín espeso sin mucho sol, ni mucha sombra, un padre que me protegiera y se dejara proteger. Yo me salvé de los buenos días en el desayuno, de despedir a los hijos para la escuela, me salvé de tener un domingo familiar, ya lo he dicho, pero estoy aquí, agachada sobre la fría losa del baño, escondiéndome del griterío de la calle, del pecho, de la frustración. Estoy contando cuántos cabellos tengo, para no asustarme, para no creer que he perdido el tiempo, para no morderme el brazo, para no morir de melancolía.
Estoy a punto de cumplir veintitrés años. Mi historia se alimenta de una familia dispersa, de ideas que no se acomodan sobre la hoja, de noches maduras que se desprenden de mis costillas dejando un rastro de lágrimas resecas, mi historia es un hombre del sur que quiso comerme las líneas de las manos, y otros hombres que tal vez me mordieron los párpados, sin percibir que se sacaban los ojos a sí mismos. Escribo esta carta para decirle al señor Balzac, y para decirme, que uno puede dedicarse a una cosa, haciéndolo todo. Usted, señor Balzac, se enfrentó a graves problemas económicos y amorosos, usted tuvo que mentir, tuvo que disfrazar la verdad, para darle luz, así que no nos confunda.
Cualquier día me quedo sin trabajo, sin casa, sin agua, sin posible tristeza. Voy a seguir no porque escribir valga la pena. La palabra no me da lo que me da la vida. Lo que me da encontrarme con balcones grises a mitad de una tarde áspera y ajena. No me da lo que me ofrece la sorpresa de estar sola, casi abandonada, mintiéndome por gusto, inventando futuros arreglos y llorando por pesadillas forzadas. Las avenidas de la existencia son más ricas en luces y desastres que una hoja en blanco. Si debemos dedicarnos a una sola cosa con todas nuestras fuerzas, es a vivir.
Balzac creía que un hombre inteligente es quién puede dedicarse a una sola cosa sin dispersarse. Leí más o menos esas palabras sepultada por un domingo caluroso, un domingo que amarilleaba entre paredes azules descarapeladas, una tarde extendida sobre un sillón negro y empolvado, como un pájaro débil que intenta volar.
Iba de un lado a otro en el departamento; sola, desnuda, desquiciada. Tomaba un libro del cuarto y lo dejaba en la cocina, buscaba sobre el mueble del recibidor y encontraba a Mafalda o la Elle. Indagaba frases nunca escritas sobre las paredes, o colecciones ficticias en el patio. No tenemos nada pequeña, pensaba, e Ibn Hazam de Córdoba me dijo; Si te retiras del amor, él se retirará de ti, y, si te ves un día abandonado, es porque abandonaste el amor.
Busco esa cosa a la que pueda dedicarme, a la que pueda aferrarme con todas mis venas, y sin pasión. Busco un movimiento que me de respiración, que me de alas, que no me obligue a mirarme al espejo y tener miedo. No creo que haya virtud en dedicarnos sólo a una cosa, la virtud consistiría en lograr que esa cosa a la que nos dediquemos, nos dé felicidad. He escuchado a mis compañeros burócratas hablar de los consejos que les dan a sus hijos, y éstos son: Sé inteligente, se triunfador, no te dejes, estudia. ¿Nadie le dice a sus hijos; sé feliz? Y regresando a Balzac, señor Balzac, ¿dedicarse a una sola cosa, es dedicarse a ser feliz?
Voy de un lado a otro en una habitación sucia de amor y odios producidos por el amor y, desnuda, arrastro una sábana rota en medio de paredes que me desconocen. Ya llevo casi un lustro de aquella edad en que me sentenciaron a ser “ciudadana”, a ser un zopilote más sobre la carroña, un zopilote herido con apenas las uñas necesarias para continuar. Ibn Hazam de Córdoba aparece de nuevo junto a mí, para decirme; Pero al agua salobre no te acerques, porque no se traga, y un hombre libre debe preferir la sed.
Yo prefiero la sed en el amor y en la noche, yo sé que prefiero la sed, por algo me atreví a ir en busca de una versión de Jauja, alguna ventana habitable, un jardín espeso sin mucho sol, ni mucha sombra, un padre que me protegiera y se dejara proteger. Yo me salvé de los buenos días en el desayuno, de despedir a los hijos para la escuela, me salvé de tener un domingo familiar, ya lo he dicho, pero estoy aquí, agachada sobre la fría losa del baño, escondiéndome del griterío de la calle, del pecho, de la frustración. Estoy contando cuántos cabellos tengo, para no asustarme, para no creer que he perdido el tiempo, para no morderme el brazo, para no morir de melancolía.
Estoy a punto de cumplir veintitrés años. Mi historia se alimenta de una familia dispersa, de ideas que no se acomodan sobre la hoja, de noches maduras que se desprenden de mis costillas dejando un rastro de lágrimas resecas, mi historia es un hombre del sur que quiso comerme las líneas de las manos, y otros hombres que tal vez me mordieron los párpados, sin percibir que se sacaban los ojos a sí mismos. Escribo esta carta para decirle al señor Balzac, y para decirme, que uno puede dedicarse a una cosa, haciéndolo todo. Usted, señor Balzac, se enfrentó a graves problemas económicos y amorosos, usted tuvo que mentir, tuvo que disfrazar la verdad, para darle luz, así que no nos confunda.
Cualquier día me quedo sin trabajo, sin casa, sin agua, sin posible tristeza. Voy a seguir no porque escribir valga la pena. La palabra no me da lo que me da la vida. Lo que me da encontrarme con balcones grises a mitad de una tarde áspera y ajena. No me da lo que me ofrece la sorpresa de estar sola, casi abandonada, mintiéndome por gusto, inventando futuros arreglos y llorando por pesadillas forzadas. Las avenidas de la existencia son más ricas en luces y desastres que una hoja en blanco. Si debemos dedicarnos a una sola cosa con todas nuestras fuerzas, es a vivir.
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