21/04/08

Carta para entrar a la crueldad


Ileana Garma
Hay que poner al alma aprueba. Yo no soy este cuerpo, estos pezones contraídos por el frío, ni la garganta por donde ha pasado el jugo de naranja. Y claro que lo soy. Lo que quiero decir es que no podemos olvidarnos de que el alma está ahí. Esto es lo quería contarte el viernes. No nos levantamos para comer, para ir al trabajo, para juntar dinero, para cruzar por el interior de una casa, para un abrigo nuevo, para los hijos o para los regalos de navidad, porque entones sería cierto que no vamos a ninguna parte y caminamos como ciegos. Nos levantamos para conocer; poner a prueba nuestra alma, sentirla y disfrutar ser uno mismo. Y disfrutar no-ser, también.
Ya sabemos que no hacer nada, también es hacer algo. Pero no quiero estar en ese pellejo.
Hay que perseguir, existir y fermentar como dice Saúl Ibargoyen. El problema es que ahora no sé si existo, fermento o persigo, supongo que hago las tres cosas al mismo tiempo. Hoy me siento muy fuerte, porque tengo una semilla que me obliga abandonarlo todo, abandonar lo que fui. Y si ahora estoy, debajo de una blusa verde y la oscuridad de abril, en este valle de puentes, de ventanas que se cierran y automóviles que se estrellan contra los ojos abiertos de los niños, es porque hago un gran esfuerzo y porque no me olvido de ella. De mi alma. De algo que está en mí y que no son estas manos heladas, y esta imposibilidad para mantener el calor. La gente que no es por naturaleza razonable, obviamente está por encima de los que lo son, porque vive en el esfuerzo y la prueba; eso crea la virtud, al menos para Montaigne. Es tan fácil ser crueles y vengativos, por los mismo, es una vulgaridad, claro.
Soy una cosa tan aplastable y pequeña. Después de todo, no es el calor el que me remueve los lagrimales. No siento este calor, siento a la ciudad engullirme y a pesar, yo, la verdadera, me he colocado dentro del viento. Soy el viento que atraviesa las esquinas y desbarata los puestos improvisados, vuelco árboles, botes de basura, sacudo los columpios de parques enrejados y remuevo hojas amarillentas donde se cruzan los caminos hasta llegar a ti: giro en el techo de tu casa, voy a tu respiración, trazo círculos helados en tus pulmones, limpio tus pesadillas y te muerdo los parpados, entonces tiemblas y sientes que vas a caerte. Te despiertas sobresaltado.
Después de todo yo no quiero estar tranquila, esa era una confusión. No, no así es como quiero el orden de los segundos. Yo quiero mis segundos, no quiero orden. Quiero ver el bien en el mal y el mal en el bien. Ya dije que somos ciegos; el alma ni puede ser crítica, ni puede estar en prueba cuando todo nos parece que es bello, cuando no alcanzamos a ver más allá de los accidentes que hacen placentera nuestra vida.
Cuando estamos en desequilibrio, cuando nos damos cuenta de que por más que vayamos al trabajo, acumulemos dinero, y mandemos a nuestros hijos a las mejores esuelas, no va a haber equilibrio, (y no hablo del mundo, sino de uno mismo) entonces el alma podrá elegir, podrá ponerse a prueba y alejarse de la crueldad. Esto fue lo que le pasó a Iván Ilich. Montaigne subraya que “la virtud no admite facilidad por compañera”
Tú vas a morir a los cincuenta años, en una casa rentada en un país lejano y con muchas catedrales, con nieve, y la cafetera funcionando. Una mujer vestida de negro y con sombrero azul va a llegar, tocará la puerta, le abrirás, se besarán, eso ya lo sabemos. Vas a morir a los cincuenta años y yo a los cuarenta y cinco; sin abrigo, con nieve. “La muerte de un individuo es siempre semejante a su vida” ¿Que significa entonces esto? Yo siempre tengo un respuesta ambigua par todas las ambigüedades y es “La angustia es el precio de ser uno mismo”
Nos alimentamos de crueldad ¿no te parece? No quiero enumerar todos los mecanismos que tenemos para no dejarla ni un minuto, creo que sería redundar en algo que bien sabes. A mi me da risa, porque hemos llegado a esta época ayudándonos de crueldad. La gente paga por la crueldad, ella nos empuja a la posmodernidad. Las familias se unifican ante la crueldad. Los amigos gozan de ella. ¿Cómo evitar que el humo de los coches te haga llorar y que los niños en el super te obliguen a arrodillarte y a sujetarte la cabeza? No, soy una dramática. Es necesario mirar la crueldad y enfrentarla; sólo mediante una mirada clara, puede decirse que no, o que sí.
Si hay algo que no soporto es ver a la gente triste. Las peores locuras de mi vida las he hecho para no ver a gente triste. He cambiado mil veces de dirección por no ver a la gente triste. Pero en esos momentos también fui cruel y no me di cuenta. Yo era en realidad la única triste en esos caos. La no crueldad no es la felicidad (risas y risas como se le conoce), no podemos limitarnos a los extremos: la no crueldad es el equilibrio.
Muchas veces regresé con mi ex-pareja porque lo vi llorar debajo de la misma sábana donde yo estaba. Llorar sobre mis brazos, en aquella casa en que los dos caminábamos descalzos y nos habíamos burlado de la poesía contemporánea. Que llorara cerca de mí, parecía insoportable, pero claro, soy una tonta.
Sin embargo pienso que quiero ir a una corrida de toros. Puede ser que mi naturaleza sea propensa a la crueldad y si la metempsicosis es cierta, yo reencarnaré en un lobo, seguramente. Además en este tiempo tengo ganas de alimentarme de ti. Te mando un beso lleno de colmillos.









1 comentarios:

Nick Kearney dijo...

Tal vez un lobo, pero los lobos no son crueles...